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Los mejores podcast de ciclismo

Estamos en pleno auge del podcast en España. Escucha y aprende con estos podcast sobre ciclismo.

Y ojo, por favor, no lo hagas sobre la bici. En bici, auriculares NUNCA. Desde ciclismo master no recomendamos el uso de auriculares

Durante el pasado año 2020 y este 2021 he estado escuchando horas y horas de algunos podcast sobre ciclismo. Por si estás buscando cuáles son los más recomendables, te presento mi particular «playlist». Los utilizo con fines distintos. Unos son para aprender sobre entrenamiento, otros para escuchar experiencias encima de la bici y otros son , simplemente para descojonarme.

En cuanto a plataformas, utilizo Spotify principalmente, aunque muchos de ellos tienen también versión en Ivoox. De hecho, la plataforma española cuenta con algunos que !son auténticas joyas!

Aquí mi lista:

Podcast El Avituallamiento.

Sin duda mi podcast favorito sobre ciclismo ahora mismo. Una pena que no publiquen más habitualmente. Se trata de un podcast en el que varios profesionales del mundo del entrenamiento deportivo charlan sobre un tema y aportan sus puntos de vista y su experiencia.

Y esto último, la experiencia, es ORO PURO. Profesionales de la talla de Chema Arguedas, cuyos libros no puedo dejar de recomendar( de hecho os dejo aquí abajo su libro más top) aportando valor al podcast y consejos y vivencias de la que puedes aprender no sólo para ser mejor ciclista si no para mejorar tu salud a nivel general.

Potencia tus pedaladas
  • Chema Arguedas (Author)

Tratan todo tipo de temas, desde la importancia de los Hidratos de Carbono, hasta entrevistas a gente del nivel de Xabier Artetxe (entrenador del Team Ineos).

Han publicado en noviembre de 2020 su primer podcast así que por ahora hay pocos, espero que sigan publicando!

Aquí lo podéis escuchar.

Podcast Ciclismo Evolutivo de Manuel Sola Arjona

Este podcast es similar al anterior pero con un tono más cercano, además de ser temáticamente más variado.

Su presentador y creador es Manuel Sola Arjona ex-ciclista profesional de equipos como el Caja-Rural y en el he escuchado capítulos de todo tipo de temáticas. Desde entrevistas a atletas de Ultradistancia como Julián Sanz (probablemente mi episodio favorito) hasta mesas redondas comentando la Vuelta 2020 con otros entrenados, pasando por episodios donde Manuel nos cuenta sus experiencias con temas como el ayuno terapéutico.

Su «enfoque» es algo peculiar puesto que su filosofía de Ciclismo Evolutivo se basa en «aunar rendimiento y diversión» […] «una forma de ver el cuerpo humano como un sistema complejo integrado por diferentes partes que actúan de forma totalmente relacionada y el cual no podemos separar en partes.»

Me gusta mucho aunque tiene una gran pega, toda la parte referida al dopaje. En ningún momento se habla de este tema y eso que ha entrevistado a personajes como Paco Mancebo.

Además el propio Manuel estuvo sancionado por dopaje. Me gustaría que hablase sobre el tema porque es cierto que en el mundo de los podcast de ciclismo se habla muy poco de esto y ayudaría a limpiar la imagen del ciclismo que dejase de ser tabú.

Lo podéis escuchar desde su web directamente.

Podcast A La Cola del Pelotón

Otros grandes de la escena podcast en español y otro de mis preferidos.

Aquí se centran más en el ciclismo profesional a nivel UCI. Analizan las carreras a lo largo de la temporada. El tono me encanta, algunos de los colaboradores son realmente graciosos, me encantan Fran Alarcón y Gabrielle Gianuzzi. Además de vez en cuando cuentan también con pros y ex-pros como Sergio Rodriguez o Mikel Ilundain.

Realmente se lo han currado mucho, han crecido enormemente y son uno de los podcast más activos en twitter. Me encanta también su web, y la parte de #ciclocoturismoACDP

La única pega es que no están al 100% en Spotify. Sólo tienen algunos extractos de los episodios. Funcionan casi totalmente en Ivoox.
Los podéis escuchar aquí!

Podcast Está Ganao.

Dejemoslo claro antes de nada. Se trata de un podcast de humor sobre ciclismo (y futbol). Sus autores son algunos de los twitteros más míticos de ciclismo que te puedes tirar a la cara. Normal que el programa sea un puto caos. Aún así , los amo al máximo.

Las temáticas siempre rondan el concepto «Esta Ganao». Esto me encanta. Siempre apuntan a momentos en los cuales algún ciclista o equipo de fútbol tenía la victoria en la mano y por alguna circunstacia , no la consiguieron. Ejemplos:

-Roglic en el Tour 2020.

-Visconti en el Giro 2008.

-Por supuesto, el fetiche de estos podcasteros, Isidro Nozal en La Vuelta 2003.

Los podéis escuchar aquí!

Podcast Construyendo Ultraciclismo

Si te interesa la disciplina del ultraciclismo ( a mi me flipa, aunque no lo practico) este podcast de Borja de la tienda de Ciclofactoría (os recomiendo seguir su instagram) es una joya. Tiene pocos episodios pero cada uno de ellos es gloria bendita.

Aquí lo podéis escuchar en Spotify .

Podcast de ciclismo en inglés.

En idioma inglés, la gama de podcast sobre ciclismo que te puedes encontrar es bastante grande. De hecho hay podcast de todo tipo. Destaco los que escucho yo más a fondo.

Podcast sobre ciclismo y rendimiento:

-Training peaks Coach cast. El podcast oficial de Training Peaks con una barbaridad de información y entrevistas, en mi opinión mucho mejor que su blog. Lo podéis encontrar aquí.

The Zero Lemon Podcast. Este es el podcast de Chris Hall , un ciclista británico con varios proyectos relacionados con la perspectiva social del ciclismo pero también con el rendimiento y la ultradistancia. Me gusta por el tipo de invitados que lleva al podcast, desde sus colegas hasta ciclistas y ex ciclistas de la escena británica. Lo podéis encontrar aquí.

Otros podcast especiales:

Historias de bicicletas.

Se trata de una serie de podcast bastante alejados del rendimiento y demás, pero muy centrado en la propia bicicleta y las historias que se crean a su alrededor. Me gusta especialmente esa manera de vincular periodos históricos y el papel de la bicicleta y l@s ciclistas.

Se puede encontrar en varias plataformas desde su página web.

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La estatua de Mazinger Z. Ciclismo de carretera estelar.

De todas las salidas que he hecho en Barcelona, esta es posiblemente una de las más mágicas y absurdas, tambien.

Cómo llegar a la estatua Mazinger Z en Tarragona.

Esto es lo importante, porque a esta ruta puedes llegar desde muchas partes.

La estatua se encuentra en Plaza de Alfredo Garrido García, 43811 Tarragona. La verdad es que el único reclamo turístico del municipio de Cabra del Camp en Tarragona.

Ruta en bici de carretera para llegar a la estatua de Mazinger Z.

Puedes hacer algo así:

Con este recorrido, de aprox 200 kilómetros tienes que subir el mítico Begues (6 kilómetro al 6%), el genial puerto de Las Ventoses (7,2 kilómetros al 4%) y el terrible muro de Montagut (3,79 kilómetros al 8%). Se trata pués de una salida genial para entrenar fondo y recorrer uno de los paisajes más bonitos de Catalunya, el Baix Penedés.

Para comer en esta ruta os recomendamos encarecidamente El Xiringuito de la Casa Gran. Un lugar espectacular para una parada a tomar un bocadillo de tortilla o lo que te apetezca y acariciar a sus perros! Aquí la dirección. https://goo.gl/maps/unoxfSEJXiXirCXG6

Aquí unas imágenes de la salida!

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No soy yo, Strava, eres tú.

Estos días estoy jugando a un juego en el que, entre otras tareas más fantasiosas y llamativas, el personaje principal tiene que acudir a clase y atender bien a lo que cuentan los profesores para poder aprobar luego sus exámenes. Va a ser verdad eso de que uno nunca deja de ser un estudiante, de una manera o de otra. La mayoría de cosas que se explican son típicas preguntas de Trivial que sólo sirven para contar en reuniones con amigos, pero una de ellas me vale también para empezar este post.

Resulta que, según el juego, la palabra “robot”, tan utilizada en esta época en la que vivimos, deriva del término checo robota, que significa “esclavo”. Crudo, pero infinitamente adecuado. Al fin y al cabo, los robots sólo están ahí para hacer las cosas que nosotros no queremos o para producir mucho más rápido, gratis, sin cansarse y sin protestar.

Estoy leyendo también un libro que acaba de salir hace nada que trata sobre la relación entre algoritmos tecnológicos y psicología humana, bajo la tesis de que mientras los humanos sigamos actuando de manera ilógica y, para una máquina, “estúpida” en muchas ocasiones, nunca estaremos a una merced total del big data. Uno de los temas más interesantes que comenta en la parte que he leído hasta el momento es la necesidad artificial que nuestro cerebro ha generado de tener que cuantificarlo todo, como si fuese obligatorio saber cuántas horas, minutos y segundos dormimos, cuántos pasos damos cada día o las pulsaciones máximas que alcanzamos mientras esperamos en la cola del súper.

Ahora, cuando empezamos a hacer algún deporte (digamos ciclismo) ya no es tan importante saber qué bici vamos a querer, qué rutas vamos a hacer o si iremos solos o acompañados como elegir si vamos a usar pulsera cuantificadora o una cinta para el pecho y qué red social es la mejor para compartir nuestras actividades. Es decir, que nuestra vida está dejando de ser nuestra para convertirse en un entretenimiento para otros.

Big Data

Strava, esa empresa americana con nombre sueco, supo ver esto a tiempo y explotarlo mejor que nadie, copando prácticamente el mercado y convirtiéndose en sinónimo de hacer deporte. ¿Salir en bici y no activar Strava? ¿Estamos locos? ¿Para qué vamos a salir si no vamos registrar lo que hacemos? Y así fue cómo esta app se convirtió en el nuevo gran hermano, pero no en uno que un gobierno dictatorial haya implantado por la fuerza, sino uno que los usuarios hemos elevado alegremente a la categoría de dios. En otras palabras: nos hemos convertido en esclavos, en robota, de los datos por voluntad propia.

No cabe duda de que Strava tiene muchas bondades: técnicamente dispone de una multitud y variedad de opciones que cubren todas las necesidades que como deportistas pudiésemos necesitar acerca de nuestras actividades. Además, sabe adaptarse a todo tipo de usuarios, siendo igual de válida para el corredor dominguero de paseo marítimo que para el profesional World Tour del ciclismo. Pero quizás su mayor logro haya sido el engancharnos psicológicamente, generando un espíritu competitivo incluso en el más pusilánime de nosotros que nos lleva siempre a intentar mejorar nuestros tiempos y los de nuestros amigos en los segmentos, llevándonos a extremos de sufrimiento que no alcanzaríamos por nosotros mismos si no tuviésemos una meta clara y -de nuevo- cuantificable.

Y lo mejor: todo esto se hace de manera gratuita.

Hace unas semanas, sin embargo, la cosa cambió. En un post en su blog, Strava anunció que desde ese mismo pasaría a poner muchas de sus funciones sólo bajo suscripción, por lo que tocaba rascarse el bolsillo para seguir usando la app a pleno rendimiento. Aparte de los típicos que pusieron el grito en el cielo por tener que pagar 90 céntimos una sola vez para utilizar el WhatsApp en su momento, la gente comprendió que un negocio necesita dinero para seguir adelante, y además hay que recordar que Strava nunca ha metido publicidad y que solamente utiliza ciertos patrocinadores para algunos de sus eventos mensuales.

Personalmente, no estoy en contra de las prácticas de micromecenazgo. A lo largo de los últimos años no sólo he pagado por unas cuantas aplicaciones en Play Store, sino que he donado dinero a ONGs, fansubs, campañas en change.org, periódicos e incluso a la Wikipedia. Al fin y al cabo, son cosas -y causas- que o bien uso a menudo o bien apoyo, por lo que teniendo la opción de hacerlo no me parece bien seguir aprovechándome de sus servicios sin dar nada a cambio (quien me pide registro obligatorio -y por lo que sea necesito usar- no se llevará ni un euro de mi bolsillo, ya que ya hacen negocio de sobra con mis datos).

No obstante, en este caso no estamos hablando de micromecenazgo, por el cual yo doy dinero a una empresa que no me lo pide como agradecimiento por su trabajo y como ayuda para que continúe funcionando en el futuro, sino de una obligación de pagar por algo que durante años he estado usando de forma gratuita y sin generar ningún tipo de ganancia o elemento favorable para mí. Es como si me compro una bici de oferta y pasados unos meses me llaman de la tienda para decirme que tengo que pagar la diferencia respecto al precio real de la misma o vienen y me la quitan.

Por norma general, cuando una actividad que es gratuita pasa a ser pago incluye una serie de características, opciones o medidas que antes no existían para llamar la atención del cliente y que justifiquen el desembolso económico. Pero aquí ocurre todo lo contrario: Strava está diciendo a sus usuarios que o pagan por lo que ya tenían o se quedan sin -prácticamente- nada. Lo que se llama tratarnos como rehenes. Y la verdad, lo mínimo que podrían hacer si quieren recibir entre ¡60 y 96€ al año! de nuestro bolsillo es hacer una web que sirva para algo o una app cómoda, fácil de manejar y adaptada al año en el que vivimos. Cuando algo es gratuito lo aceptamos como es, pero si ahora quieren nuestro dinero tendrán que estar preparados para recibir también nuestras críticas.

Desconozco las razones que han podido llevar a Strava a dar un giro de 180 grados en su política de uso. Lo más sencillo sería pensar que se han visto con el agua al cuello y se han dado cuenta de que hay que pagar de alguna manera a sus empleados, pero no creo que la explicación sea tan simple. Quizás hayan decidido generar una nueva imagen de marca que los relacione con el deporte profesional y no tanto con los amateurs de fin de semana. Pidiendo esas cantidades de dinero hacen que mucha gente que sólo utiliza la aplicación por curiosidad deje de hacerlo y elimina también a muchos otros que no podrán hacer frente a esos pagos o preferirán destinar esas cantidades de dinero a otras cosas. A partir de ahí, tal vez en algún momento en el futuro empiecen a patrocinar eventos importantes que les reporten más ingresos en publicidad y fortaleza de marca. Eso, o se están aprovechando de su posición dominante en el mercado para llenar sus arcas a cualquier precio, lo que en mi opinión no les dejaría en muy buen lugar.

Strava ha sido (y sigue siendo) una llamada a la acción, el empujón que mucha gente necesitaba para empezar a hacer deporte, y eso siempre habrá que agradecérselo. Podríamos pensar ahora que quizás la app era demasiado buena para ser gratis, y que si algunas de sus funciones más llamativas (creación de rutas, zonas de esfuerzo) hubiesen sido de pago desde el principio estaríamos en una situación distinta y este artículo que estoy escribiendo leyendo nunca habría existido. Pero los humanos con frecuencia nos equivocamos o no sabemos hacer entender bien a los demás nuestras motivaciones, lo que lleva a que buenas ideas dentro de la cabeza se traduzcan en pésimas decisiones en el mundo real.

En cuanto a mí, seguiré usando Strava más que nada por costumbre, pero a medida que pasan los días y guardo actividades nuevas pienso cada vez más en para qué lo sigo haciendo cuando realmente la información que me dan ahora es inútil. Y no, esto no va de gente que se queja por tener que empezar a pagar algo que utiliza varias veces por semana, sino de las formas y el fondo de la nueva decisión. Todo lo que pase en adelante será culpa exclusivamente de Strava.

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“Los ciclistas se saltan los semáforos” y otras historias

Soy alguien a quien le gusta concentrarse en una sola cosa en cada momento: si juego a la consola, lo hago a un solo juego hasta que lo termino; si leo un libro, no empiezo otro hasta que haya agotado las páginas del actual. Y si me aficiono a una actividad, no tocaré otra hasta que no tenga nada más que sacar de ella. Por ello, pese a que no llevo muchos años practicando ciclismo, me he zambullido a fondo en todo lo relacionado con él y ahora mismo no vería mi vida sin tener una bici en mi salón preparada para salir en cualquier momento.

Aunque desde que era muy pequeño he sido fan de ver el ciclismo en televisión, nunca se me había ocurrido hacerlo en persona hasta que la vida me obligó a ello. Tras comprar una bici híbrida de segunda mano por muy poco dinero (sin hacer caso al dependiente de la tienda que, después de escuchar mi historia, me dijo que tendría que coger directamente la de carretera y no tirar esos euros, porque sabía lo que iba a pasar), me di cuenta de que las dos ruedas estaban hechas para mí, así que tras realizar algunas salidas de más kilómetros de los que mi híbrida podía soportar, le di la razón al de la tienda y así entró en mi casa mi añorada Cannondale Caad 8 verde.

La Cannondale fue un punto de inflexión. Con ella empecé a explorar lugares y carreteras por las que nunca se me habría ocurrido pasar en coche, comencé a hacer kilómetros y kilómetros buscando siempre los caminos con las subidas más duras y poco a poco fui conociendo qué equipamiento era necesario para mi perfil como ciclista y cuál no. Por ejemplo, hacer 107 kilómetros con calapiés en Galicia te deja gamba di legno, así que los pedales automáticos fueron una de mis compras principales. 

Conociendo la parte buena y la no tan buena del ciclismo

Llegado a cierto punto y tras haber ahorrado para ello, decidí que era el momento de comprar “mi” bici, una de la que probablemente nunca me fuese a deshacer y en la que valiese la pena invertir el dinero que fuese necesario. Así, tras mucho pensarlo, llegué a la conclusión de que gastarse miles de euros en lo que se considera mejor pero que no te acaba de gustar es como adquirir un billete de arrepentimiento para el resto de tu vida, así que me dejé guiar por mis ojos y, feliz, conseguí una preciosa Merida Reacto 5000 azul y negra que cuatro años después aún me acompaña. Juntos hemos visitado lugares todavía más fuera de mis límites que con la Cannondale y gracias a ella he aprendido a conocerme mucho mejor a mí mismo y al deporte que es el ciclismo.

bicicleta merida

La cuestión es que cuando se indaga mucho en algo, sea lo que sea, se corre el riesgo de darse cuenta de que no todo es tan bonito como parece y que bajo la superficie pueden aparecer algunas cosas un poco menos vistosas. 

En la vía pública, ya sea en aceras o carreteras, todos los agentes tenemos contacto: peatones, conductores, ciclistas, gente en patinete, etc. Además, muchos somos “multidisciplinares”, ya que según el momento del día podemos pertenecer a un grupo u a otro. Es por eso que cuesta tanto entender cómo es posible que nadie sepa ponerse en el sitio del otro.

La cuestión es bastante sangrante cuando nos centramos en la bici: somos molestos para peatones, conductores, corredores, gente con perros, niños con juguetes… ¿Por qué? Para entenderlo (que no razonarlo) hay que hacer una división que yo creo que es indispensable y que la sociedad en general debería tener siempre en cuenta: no es lo mismo un ciclista deportista que una persona que usa la bici como medio de transporte, y desde luego a ninguno de estos dos se les debe insultar metiéndolos en el mismo grupo que los adolescentes que van haciendo caballitos por las aceras o en sentido contrario al del tráfico. ¿Darle patadas a un balón contra una pared nos convierte en futbolistas? Pues llevar una bici tampoco lo hace en ciclistas.

No obstante, la falta de empatía y de deseo de entender a los demás ha dado lugar a una serie de mitos y leyendas sobre el ciclismo que a veces resulta hasta gracioso, pero que en realidad puede dar lugar a situaciones muy desagradables. 

“Los ciclistas no respetan los semáforos.”

Empezamos por la historia más antigua y con más recorrido. Todo el mundo sabe que para los ciclistas no hay normas y, desde luego, no existen los semáforos en rojo. Al fin y al cabo es algo que vemos a todas horas en cualquier sitio. ¿Lo voy a negar? Pues no, pero sí. O sí, pero no.

mujeres en bicicleta

Para empezar, hay que tener clara una cosa: ningún ciclista quiere estar dentro de un núcleo urbano más de lo estrictamente necesario, e intentará que el 90% de sus salidas transcurran por fuera de las ciudades. La razón es sencilla: dentro de ellas tiene que parar (porque sí que paramos) continuamente, lo cual es una incomodidad teniendo en cuenta el engorro que es soltar y enganchar los pedales automáticos. Además, el ciclista es el primer interesado en no ser atropellado o provocar un accidente por saltarse un semáforo o un paso de peatones. 

Ahora bien: sí es cierto que hay ocasiones en las que todos pasamos algún semáforo cuando no debemos -siempre con la máxima seguridad posible- y lo hacemos por el mismo motivo que lo hace una persona que corre: parar en seco y estar quietos un tiempo durante el pleno esfuerzo hace que las pulsaciones del corazón se disparen y que el ácido láctico haga de las suyas, generando un gran malestar físico y mental y aumentando la posibilidad de lesiones a corto plazo. 

No es una disculpa ni una excusa barata, sino la realidad. Y aunque es verdad que no está bien hecho no debería ser motivo de enfado ni crítica, teniendo en cuenta la cantidad de peatones para los que no existen los semáforos o los coches que no se rigen por las señales de límites de velocidad.

“Los ciclistas no utilizan el carril bici.”

Con el auge de los carriles bici en las ciudades ha ganado fuerza también este comentario. Se basa en la creencia de que, pese a haber carriles especiales para nosotros, seguimos yendo por la carretera o, en casos muy concretos, por la acera; en otras palabras: que se quita espacio de circulación y aparcamiento a los conductores (¿eso es malo?) para nada. 

Las quejas sobre la creación de carriles bici están enraizadas en la idea de que las centros urbanos están hechos para coches y que todas las medidas de movilidad deberían estar destinadas a hacer los traslados en vehículo privado más cómodos y rápidos. La culminación de esta teoría es el mantra de “hacen falta más carriles para mejorar la fluidez del tráfico”, algo que hace que un experto en movilidad se lleve las manos a la cabeza cada vez que lo escucha.

ciclistas rodando

Entre los que tenemos formación académica en temas de movilidad decimos que “combatir los atascos con más espacio para coches es como prevenir la obesidad pidiéndole a la gente que se afloje el cinturón”. Que haya más carriles no va a hacer que el tráfico rodado fluya mejor, sino más bien lo contrario: lo que se conseguirá es que gente que antes no cogía su vehículo por no querer estar en un atasco ahora sí lo haga viendo que esta posibilidad se reduce. Los datos así lo demuestran, y pensar lo contrario es simplemente no aceptar que uno se equivoca.

Otro punto a tener en cuenta es que los carriles bici no siempre se hacen pensando en los ciclistas, sino en la comodidad de los conductores. Esto puede parecer una incongruencia, pero lo que muchas veces se intenta es simplemente quitar a las bicis de la calzada para que los coches puedan circular más rápido. El resultado son esos espacios para ciclistas llenos de tapas de alcantarillas, suciedad, cristales o asfalto roto por los que nadie quiere circular, lo que hace que prefiramos seguir yendo por la carretera a pesar de ser más peligroso para nuestra integridad física. 

Lo malo es que hagamos lo que hagamos vamos a salir perdiendo, porque ya sea desde los coches (si vamos por sus carriles) o desde los peatones (si pisamos las aceras) los gritos y los insultos siempre van a llegar a nuestros oídos. 

Aunque por nuestra parte agradeceríamos también que los carriles destinados a nosotros no se ocupasen para “parar cinco minutos”, hay que aceptar una cosa: si están bien pensados y construidos no tenemos ninguna excusa para no movernos por ellos.

“Los ciclistas van por el medio de la carretera y hablando entre ellos.”

Otra pieza de anticuario sobre la que se ha escrito de todo. La normativa de tráfico indica que los ciclistas podremos circular en columnas de dos y por el arcén o pegados todo lo posible al margen derecho de la calzada siempre y cuando haya una correcta visibilidad, y en caso de ausencia de la misma deberemos hacerlo en fila individual. En general esto se cumple siempre, y a pesar de lo que se intenta hacer ver hay muchas más posibilidades de encontrarse con ciclistas rodando en solitario o en pareja que con grandes pelotones.

Como comentaba en la parte de los semáforos, somos nosotros mismos los que más en cuenta tenemos nuestra seguridad, lo cual hace que en todo momento vayamos pendientes de lo que pasa detrás de nosotros y que siempre que sea posible facilitemos los adelantamientos de los coches. Los conductores suelen pensar que cuando se acercan a nosotros y no nos pueden pasar es porque se lo estamos impidiendo a propósito, pero esto es absurdo; de hecho, hay pocas cosas que molesten más a un ciclista que estar escuchando el motor de un coche a su espalda sabiendo que cada segundo que pasa el conductor se enfada más y aumenta el riesgo de que haga alguna estupidez. Lo que sí que no podemos hacer es volvernos invisibles.

ciclistas en paralelo

Por mis años de experiencia puede decir que, en general, la mayoría de los conductores se portan bastante bien y adelantan a una velocidad adecuada y manteniendo la distancia de seguridad requerida (a veces mantienen hasta demasiada distancia…), razón por la cual las excepciones llaman tanto la atención y se quedan más tiempo en el recuerdo. Aunque muchas veces vayamos hablando, los ciclistas oímos perfectamente a los vehículos acercarse y, siempre que es posible, nos movemos un poco más a la derecha. 


Así que por favor, conductores, no nos toquéis el claxon. Lo único que conseguiréis con ello es que, esta vez sí, os hagamos esperar un rato detrás de nosotros. Pensad en un grupo de ciclistas como un camión: nos movemos más lentos que un coche y ocupamos bastante espacio, lo que hace que adelantarnos a veces requiera un poco de paciencia. ¿O es que cuando lleváis a un camión lleno de cemento delante le empezáis a pitar y a insultar porque no podéis pasarlo instantáneamente? Al menos nosotros nos apartamos cuando hay espacio…

“Los ciclistas se quejan por todo.”

Está claro; sólo hay que leer este artículo para ver que es así.

Ya más en serio: el ciclista es con diferencia el elemento más débil y desprotegido de la carretera teniendo el mismo derecho a usarla que los coches, las motos, los camiones y demás, por lo que simplemente solicitamos medidas que creemos que son justas y necesarias. No por importunar a los demás, sino para mejorar la convivencia y que realmente todos salgamos ganando con ello.

Carriles bici que se puedan usar de verdad, cunetas de las carreteras interurbanas limpias, aparcamientos para bicis en más calles o no enfadarse automáticamente al encontrarse con un ciclista delante son cosas que se pueden hacer si se quiere y que nos harían la vida más fácil. Mientras tanto, el libro de  “mitos y leyendas sobre el ciclismo” seguirá aumentando sus páginas.

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Presuntos culpables

Tras más de doscientos cambios en las normas durante el estado de alarma, los ciclistas seguimos sin apenas derechos.

El 16 de marzo de 2020 se recordará siempre como uno de los días más tristes de la historia contemporánea en España. Ese día entró en vigor el estado de alarma motivado por la crisis mundial del COVID-19, y con él se quedaron en el cubo de la basura la mayoría de nuestros derechos individuales. Especialmente duras fueron las restricciones en el ámbito de la movilidad: se prohibió realizar cualquier tipo de salida de casa excepto por unos motivos muy concretos, como eran ir a trabajar (y poder probarlo), a comprar comida y medicamentos y a bajar a nuestros perros. Visto ya con un poco de perspectiva, en España sufrimos las condiciones más draconianas de toda Europa occidental y de la mayoría de las democracias mundiales, poniendo de manifiesto la poca fe que desde las altas esferas se tenía en la respuesta voluntaria de la sociedad.

A mediados de marzo habían pasado ya un par de meses desde que China reconociese el problema de salud que había surgido en Wuhan y un mes desde que los contagias masivos hubiesen llegado a algunos de sus vecinos asiáticos como Japón o Corea, tiempo suficiente para analizar las medidas que se habían tomado en ellos y estudiar qué podríamos importar a nuestro país y qué sabríamos que no funcionaría. Una de las respuestas más llamativas que la mayor parte de países asiáticos pusieron en marcha para intentar poner coto al avance al virus fue promocionar -e incluso solicitar- el uso de la bicicleta para todos los desplazamientos que se pudiesen realizar en ella, evitando así el transporte público. La razón era bastante lógica: yendo en bici siempre se mantendría la distancia de seguridad con los de alrededor por la propia estructura y funcionamiento de la bici, además de ser una actividad que se realizaba al aire libre, reduciendo así el riesgo de contagios; todo lo contrario pasaba en otros medios de transporte como el bus o el metro, donde la menor ventilación, la mayor acumulación de personas y la continua manipulación de superficies posiblemente contaminadas (como barras o asientos) hacían que las posibilidades de contraer la enfermedad se multiplicasen.

En Europa la situación era algo distinta. Por una parte, en general no existe la misma cultura de la bici que en Asia (excepto en algunos países como Países Bajos o Dinamarca), y por otro lado, no se dio importancia a la peligrosidad del virus hasta que ya fue demasiado tarde y no se pudo evitar que cundiese el pánico, lo que hizo que no hubiese tiempo para pensar con calma las decisiones que se tomaban y se decretasen encierros de una punta a otra del continente. No obstante, no todos los Estados actuaron de manera similar: en muchos de ellos (Bélgica o Gran Bretaña como ejemplos más claros) tomaron nota de lo que se había hecho en Asia y no sólo no prohibieron el deporte individual (y el ciclismo en particular) y la movilidad sostenible, sino que los recomendaron. Se dieron cuenta de que afectaba de manera positiva a la salud mental de sus habitantes, que al menos sabían que podían pasar una o dos horas fuera de casa mientras cumpliesen con las normas estipuladas, y también a la salud física, pues el ejercicio mejora la capacidad del sistema inmunológico y, por ello, dificulta el contraer enfermedades. Además, no había mejor momento para utilizar las calles de la ciudad ahora que estaban casi vacías de coches y con los niveles de contaminación del aire por los suelos. Incluso en Italia, el país más afectado en un primer momento por la pandemia, no se desincentivó el uso de la bicicleta como medio de transporte.

hombre en bicicleta

En España, por desgracia, nos ha tocado vivir una realidad muy distinta. La práctica deportiva fue vetada desde el primer minuto y, aunque realmente nunca se trató ni para bien ni para mal el tema, la utilización de la bicicleta para desplazarse no era algo que sonase muy bien. Basta con ver los comentarios y reacciones de la gente que estaba en la calle cuando veía a alguien que se movía pedaleando y, sobre todo, la actitud de las autoridades, que no perdían ni un segundo en parar a todo ciclista para pedirle explicaciones. Esto es realmente triste, pues se estaba considerando a los ciclistas culpables de, realmente, no estar haciendo nada ilegal ni malo, mientras que mucha gente y conductores campaban a sus anchas bajo excusas de lo más peregrinas. De hecho, ha habido incluso casos de personas que se dieron cuenta que era una gran oportunidad para desempolvar la bici y empezar a usarla para ir a trabajar y que fueron paradas e interrogadas todos los días por policías que no hacían sino abusar de sus prerrogativas.

Con el comienzo de mayo, y tras un primer experimento piloto con los niños, el Gobierno de España consideró que ya podía dejarnos salir un poco a la calle, aunque con toques de queda que todavía limitaban casi totalmente la libertad. Todo ello dentro de su llamada “desescalada” (sea lo que sea que signifique eso) y según lo que mandase cada “Fase”. También se permitió de nuevo la práctica deportiva, pero eso fue más algo que se decía sobre el papel pero que no se daba en la realidad. Decirle a un ciclista que puede salir de 6:00 a 10:00 (cuando aún es de noche o está amaneciendo) y de 20:00 a 23:00 (atardecer y, no mucho después, noche de nuevo) es o reírse de él o no tener ni idea. Y no sé qué es peor.

El gran error de base, en mi opinión, está en el hecho de juntar en todas las normativas “paseos y deporte”, como si tuviesen siquiera algo que ver. Comparar a una persona que se gasta miles de euros en su bici y hace decenas de kilómetros en carreteras abiertas con una pareja que utiliza el alquiler municipal de bicicletas para dar una vuelta por el carril bici del paseo marítimo en vaqueros es absurdo, pero meterla en el mismo saco que alguien que sale a andar alrededor de su manzana entra en el terreno de la tomadura de pelo. La primera semana valía, porque llevábamos mucho tiempo sin practicar nuestro deporte favorito y cualquier medida a favor de ello sería bien recibida, pero siempre con el pensamiento de que esto lo aceptábamos ahora, pero que en la siguiente “Fase” las cosas tenían que empezar a cobrar más sentido.

Qué más quisiéramos.

Con el avance de la “Fase 0” (¿fase cero…?) a la “Fase 1” se levantaron una gran parte de las restricciones y la vida empezó a tornarse en algo que podríamos considerar casi habitual. Se permitió salir a la calle para hacer cualquier tipo de actividad socioeconómica, reabrieron las tiendas y las terrazas de las cafeterías, quedó anulada la prohibición de moverse por el interior de la provincia sin ninguna razón para ello, los amigos y los familiares pudieron volver a quedar y, en general, el espíritu de la calle cambió y pasó a ser mucho más agradable. Todo bien. O no, porque los ciclistas seguimos con la misma reducción de derechos que antes. Se generó así una situación kafkiana en la que yo puedo quedar con un amigo, coger el coche para ir a la otra punta de la provincia, alquilar una pista de tenis (el deporte en instalaciones deportivas cerradas y acotadas sí está permitido) para jugar un par de partidos y después tomarnos unas tapas una terraza, pero no salir con mi bici durante el toque de queda ni poner un pie en el municipio de al lado. Incluso se ha permitido salir a cazar y pescar. El ciclismo, no.

carretera y ciclista

Intentando ponerme en el lugar del “comité de expertos” que aconsejan las medidas que ha de tomar el gobierno, veo dos posibilidades que puedan explicar que este sinsentido continúe:

  • Ignorancia: no se tiene ni idea de lo que es la práctica deportiva del ciclismo. Quizás se piensen que vamos también por el carril bici del paseo marítimo o que si salimos a carreteras abiertas vamos siempre en grupos, pero nada más lejos de la realidad. La mayoría de nosotros sale solo o en parejas (ahora tendría que ser solos siempre) y suele evitar todo núcleo de población grande o cualquier tipo de aglomeración para no tener que frenar o poner pie a tierra.
  • Creencia de que somos peligrosos: se puede pensar que un ciclista que esté contagiado va a ir esparciendo con sus respiración forzada el virus a lo largo de todos los kilómetros que haga, contagiando a todo aquel con el que se cruce, o que va a parar en algún pueblo a comprar algo o a descansar, llevando la pandemia a poblaciones y núcleos donde no estaba. Llegar a pensar esto parece demasiado estúpido, pero cuando sólo se tienen en cuenta criterios técnicos y la población es tratada como números todo es posible.

Es curioso ver cómo los deportistas que en realidad son más seguros y que practican sus actividades en medios naturales y alejados de todo contacto humano (ciclistas, surfistas, alpinistas…) son la única parte de la población que todavía se mueve entre estrictas prohibiciones. Difícil de comprender.

A la hora de escribir estas líneas ya se han anunciado las medidas que van a entrar en vigor en la “Fase 2”, en la que la mayoría de España debería estar el lunes 25 de mayo y que en algunas islas canarias funcionarán ya desde el lunes 18. En lo que a nosotros nos compete, se permitirá realizar la práctica ciclista a cualquier hora excepto en las franjas horarias destinadas a la tercera edad (10:00 a 12:00 -justo cuando el 90% estamos en la carretera- y 19:00 a 20:00), pero para los no federados seguirá implantado el límite municipal (no así para los federados). La Real Federación Española de Ciclismo ha sacado un comunicado en el que dice estar orgullosa de estos cambios y donde también, desde lo que a mí me parece una posición prepotente y un gran desdén, insta a los ciclistas a seguir cumpliendo las normas como hasta ahora de manera cívica. Ahora que los que les pagan ya están contentos, el resto -la mayoría- ya nos buscaremos la vida.

Algunas Comunidades parecen ir por delante del gobierno central y tener una visión más lógica de la realidad. Galicia, por ejemplo, pedirá hoy eliminar las franjas horarias (por considerarlas, con mucha razón, una fuente de aglomeraciones) y permitir la práctica deportiva (citando específicamente además a ciclistas y surfistas) en cualquier momento del día y sin ningún tipo de restricción de fronteras. Básicamente, lo que sería tener los mismos derechos que el resto de la población, siendo además muchos menos peligrosos en cuanto a posibles rebrotes del virus. Sin embargo, por lo visto estos últimos días y las medidas que llegarán los siguientes, no parece que tengamos muchas razones para ser optimistas, y da la impresión de que seguiremos en el vagón de cola de la sociedad hasta el día en que todo esto termine.

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«Salimos esta tarde»

Si estás en esta web y leyendo este post, es porque de alguna manera estás interesado en el ciclismo o te dedicas a él. Por lo tanto, es entendible que no relaciones la frase del título con nada que tenga que ver con las dos ruedas. No te preocupes: es lo que le pasaría a cualquier persona normal. Al fin y al cabo, ¿qué hay mejor que ir a andar en bici por la mañana? Todo son ventajas.

Para empezar, está el tiempo. Solemos salir a primera hora, entre las 9:00 y las 10:00, según la estación y nuestro lugar de residencia. De esta forma, podemos hacer unos 100 km y volver a casa justo a la hora de comer (pongamos, a las 14:00) para recobrar fuerzas y pasar la tarde descansando o haciendo algo con la familia o los amigos. Incluso se puede echar una buena siesta después de la sobremesa para tener más ganas de hacer cosas el resto del día.

En segundo lugar, podemos citar la luz. Saliendo a la hora que hemos comentado antes aprovecharemos la subida del sol hasta estar en su cénit, lo que mejorará la seguridad de nuestro recorrido (se nos verá mejor y no habrá nada que pueda cegar momentáneamente a los conductores) y también nuestro humor y ganas de esforzarnos, que es el efecto que tiene la luz del día en nuestros cuerpos.

En tercer lugar, hablaremos del tráfico. Dando por hecho que por la semana trabajamos y que sólo podemos ir en bici el fin de semana, nada mejor que un domingo a primera hora para sali a la carretera y tirar millas. Las cosas pueden variar bastante según la zona en la que vivamos, pero lo normal es que en cualquier lado veamos a lo largo de la mañana casi a más ciclistas que coches. Las carreteras interurbanas durante la semana pueden llegar a resultar peligrosas por el gran flujo de tráfico motorizado que generan, complicado todavía más por el estrés que muchos conductores sufren de manera consciente o inconsciente por la necesidad de llegar a un lugar a una hora concreta o, simplemente, por el hecho de estar trabajando cuando podrían estar haciendo cualquier otra cosa. Sin embargo, el fin de semana -y el domingo en particular- se convierten en territorio ciclista, y aunque hay que seguir teniendo precaución, sentimos que estamos en nuestro medio.

En cuarto lugar, hay que comentar algo que algunas veces se olvida y que no nos afecta a todos por igual, pero que llegado el momento puede ser clave: el viento, nuestro gran enemigo. Por razones de temperatura y otras cuestiones, es mucho más probable que su velocidad aumente a medida que avanzan las horas del día y vuelve a disminuir de cara a la noche; no hay, por tanto, mejor momento para salir que a primera hora, cuando todavía no ha empezado a soplar, y volver al mediodía, cuando estará empezando a alcanzar su máxima potencia. En una zona como la de A Coruña, en plena costa atlántica y a merced de todos los vientos del mar, este tema tiene una importancia capital ya no sólo a la hora de decidir los momentos de las salidas, sino que incluso llega a ser un punto a considerar a la hora de comprar una bici. Sin ir más lejos, yo he tenido que quitarle a mi bici aero las ruedas de 38 cm de perfil que traía (que no es tampoco ninguna barbaridad) por el efecto vela que causaba el viento y que me hacía casi imposible rodar por algunos tramos. Ahora no es tan aero, pero al menos voy mucho más cómodo en ella. También tuvo que ver a la hora de cambiarlas que pesasen dos kilos y medio, pero eso será un tema para otro día.

Quinto punto: el calor. Esto es lógico. Será más alto en las horas centrales del día, y siempre es conveniente empezar con fresco e ir calentando el cuerpo (tanto interna como externamente) que empezar con una temperatura muy alta y quedarse sin fuerzas rápidamente. No obstante, el tema del calor varía mucho según el sitio en el que vivamos. Como comento en el párrafo anterior, yo vivo en A Coruña, y aquí incluso en las semanas más tórridas del verano no es fácil que las temperaturas suban mucho de los 25 grados.

Incluso podríamos a llegar a considerar un sexto punto a favor de las mañanas, que es el componente social. La mayoría de la gente en España (sobre todo la que vive con pareja o familares) hace su vida a partir de media mañana y por la tarde, por lo que se espera que nosotros, como ciclistas, “quitemos de en medio” nuestra necesidad de hacer deporte lo antes posible para poder estar disponibles para familia y amigos a partir de la hora de comer. Por este mismo motivo será también más sencillo juntarnos con compañeros de grupeta a primera hora de la mañana que no más avanzado el día.

subida millenium coruña
Ya sabes lo que toca cuando ves ese muro.

Pero he aquí que siempre tiene que haber alguien distinto para todo, y en este caso yo soy ese alguien. Y a pesar de que estoy de acuerdo con todos los puntos que acabo de citar, no se cumplen en mí. La razón principal es que siempre he sido una persona “de tardes”. Desde hace diez años, en todos los estudios que he realizado o centros en los que he trabajado he tenido horarios o turnos vespertinos, lo que ha hecho que poco a poco mi cuerpo se haya ido adaptando a estas circunstancias. Además, a pesar de que no suelo levantarme nunca tarde, me cuesta horrores madrugar, especialmente cuando no hay una razón “de causa mayor” para ello (salir a hacer deporte no lo es). Añadamos a la ecuación que suelo vivir con horarios europeos de comidas y todo encaja.

Psicológica y fisológicamente hablando, por tanto, estoy mucho más predispuesto a coger la bici a la hora a la que una persona normal estaría echando la siesta o incluso terminando de comer. Echando un vistazo rápido a mis actividades en Strava, es fácil comprobar cómo las medias de velocidad suben cuando salgo a esas horas respecto a cuando lo hago por las mañanas; también es cierto que en el primer caso suelo hacer menos kilómetros que en el segundo y, por lo tanto, es más sencillo que las km/h sean mayores. Pero más allá de los datos, lo que destaco son mis sensaciones: me encuentro con muchas más ganas, siento que tengo mucha más energía y me encuentro mucho más despierto. Además, no tengo esa impresión de estar “obligado” a hacer deporte que sí tengo cuando madrugo o quedo con algún compañero. Sí, me encanta el ciclismo y salir en cualquier momento, pero hay días y días y no siempre me levanto con la mentalidad necesaria para meterme más de 50 km entre subidas brutales y carreteras llenas de toboganes mientras lucho contra el viento de cara.

Quizás esto sea también una de las cosas bonitas que tiene el ciclismo: aunque, como todo, es más divertido hacerlo acompañado, para practicarlo no hay que depender de otras personas, como sí ocurre en casi todos los demás deportes, y además tampoco tiene unos horarios de apertura o cierre con los que sentirse presionado. Siempre se dice que pocas actividades físicas nos enseñan a conocernos a nosotros mismos y nuestros límites como hace el ciclismo, así que supongo que tengo que darles la razón a quienes lo defienden.

Eso sí, yo tampoco he oído nunca la frase de “salimos esta tarde”.

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De vuelta sobre el sillín

Día 1 de mayo. Viernes, y además festivo. No hay nadie en la calle, ni siquiera aquellos que siempre han encontrado resquicios en las normas del estado de alarma o tienen la suerte (como yo) de vivir en un barrio casi en las afueras de la ciudad donde apenas hay vigilancia; tampoco es necesaria, ya que aunque saliésemos todos a la calle al mismo tiempo seguiría habiendo distancia de seguridad entre nosotros. Desde la ventana miro continuamente al cielo. No hay mucha claridad, pero por suerte no va a llover. El tiempo no es algo que me haya interesado demasiado durante el último mes y medio, teniendo en cuenta que sólo salía de casa para bajar al supermercado. Pero hoy, viernes 1 de mayo, es un día distinto. Es el día anterior a la que será mi primera salida en bici en dos meses.

***

Los últimos 50 días se me han hecho más cuesta arriba que cualquiera de los muros que tengo para subir a escasos minutos de mi portal. Esto ha sido así, en mayor o menor medida, para toda la población, pero no toda la población tiene las mismas necesidades. Aunque puedo estar en casa un par de días seguidos y no aburrirme en ningún momento, soy una persona que necesita el aire libre para ver las cosas con optimismo. Además, requiero también mi ración diaria de deporte o ejercicio para serenarme y descansar por las noches. Pero no en casa, sino en la calle.

La declaración del estado de alarma a mediados de marzo y las draconianas restricciones de derechos que lo acompañaron (en España, las mayores de la Europa democrática) dieron lugar a la inesperada explosión de algo que llevaba con nosotros ya un tiempo y que era utilizado por un gran número de personas, aunque sólo como sustituto del ciclismo real cuando, por la razón que fuese, no se podía practicar al aire libre: Zwift. De repente, miles de ciclistas, ya fuesen profesionales, amateurs o aficionados, eligieron la realidad virtual para seguir practicando su deporte, y apps como Strava empezaron a llenarse de actividades repletas de imágenes de personajes creados por ordenador en vez de personas y escenarios reales. Personalmente, siempre me he mantenido alejado de este movimiento y la prohibición de salir a la calle no me ha hecho cambiar de opinión.

Siempre suelo comentar que yo no veo el ciclismo como un deporte. Empecé a practicarlo tarde (más cerca de los 30 que de los 20) y casi por obligación, pues dos lesiones en ambas rodillas me dejaron sin muchas más opciones si quería seguir practicando alguna actividad física. Pero como nunca hay mal que por bien no venga, gracias a ellas descubrí algo que nunca habría probado si no las hubiese sufrido pero sin lo que ahora casi no podría vivir. Aunque siempre he sido fan del ciclismo profesional y a pesar de que hace un tiempo me dejé muchos euros en la bici que tengo, nunca me he visto a mí mismo entrenando ni entrando en ningún equipo. Es más, ni siquiera me he visto apuntándome a ninguna de las pruebas amateurs o Gran Fondo que pueblan el calendario nacional a lo largo del año. Para mí el ciclismo no es una forma de competición, sino un medio de explorar nuevos lugares, de conocer el entorno, de encontrarse con nuevos compañeros y de estar a gusto con uno mismo. Mi visión del ciclismo no es la de un deporte; es casi la de una forma de vida.

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Día 2 de mayo. Sábado. 8:00 de la mañana. Suena la alarma de mi móvil a una hora a la que llevaba más de un año sin hacerlo. La noche se ha hecho corta, pero no pasa nada. Estoy contento. Hoy, por fin, mi bici y yo volvemos a la carretera. 

Desde el día anterior tengo muchas cosas dándome vueltas en la cabeza. ¿Qué ropa me pongo? La última vez que salí estábamos con los últimos coletazos del invierno, pero ahora el sol primaveral está ya pegando duro. ¿Camiseta térmica? ¿Manguitos? ¿Culotte corto? ¿Culotte largo con forro polar?

¿A dónde voy? Está muy bien poder salir a hacer deporte, pero es complicado moverse en bici si sólo puedo hacerlo por dentro de mi municipio (que, para mayor gloria, es la capital de provincia más pequeña de España). ¿Me meto en el meollo donde estará todo el mundo? ¿Doy vueltas a un circuito cerca de mi casa repitiendo una y otra vez la misma subida? ¿Qué pasa si cojo una carretera que para volver atrás tiene un tramo por otro municipio? ¿Y si llego más tarde de las 10:00?

¿Cómo me encontraré? Dar paseos por casa no es lo que se dice “mantenerse en forma”. ¿Intento hacer sólo llano? ¿Meto alguna subida por el medio a riesgo de quedarme sin respiración? ¿Responderá el cuerpo madrugando tanto (nunca me había levantado tan temprano para hacer deporte)? ¿Y la bici? ¿Estará bien engrasada la cadena? ¿Las cubiertas seguirán en buen estado? ¿Funcionará como debe el cambio?

Tantas preguntas y una sola respuesta: una vez salí del portal y di las primeras pedaladas todo se solucionó. Rápidamente recordé lo que significaba en bici, la sensación de libertad por la carretera, el moverse como si todavía hubiese salido ayer. Y seguro que esas sensaciones las compartían las decenas de ciclistas con los que me crucé, tanto los más “preparados” como los menos habituales. ¿Y qué decir de poder circular por las principales arterias de la ciudad sin encontrarse un solo coche? Magnífico. Siempre supe que cuando estuviese de vuelta sobre el sillín toda la visión de la realidad actual cambiaría. Y, por supuesto, no me equivocaba.

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Día 11 de mayo. Lunes. Mi provincia ha entrado en eso que llaman “Fase 1”. La gente puede salir a la calle prácticamente con total libertad, reunirse con amigos y familiares tanto en casa como en la vía pública, sentarse en las terrazas que están abiertas a tomar un café o una cerveza, ir de compras a cualquier tienda de la ciudad, esté donde esté y a la hora que sea Lo que se dice empezar a recuperar la vida normal. 

No así los ciclistas y deportistas en general. Por algún motivo, nosotros seguimos estando confinados a un peligroso horario (salir de noche o al amanecer o al atardecer no es precisamente la mejor forma de circular en bici si se quiere ir seguro) y a las fronteras de nuestro municipio. La alegría de los primeros días se ha disipado rápidamente y se ha convertido en frustración, pues no hay una sola razón lógica para impedir a un ciclista moverse con libertad por carreteras en las que no tiene ni el más mínimo contacto con nadie y en horarios que resulten más cómodos y seguros, fuera de todas las aglomeraciones. Toca seguir peleando y quejándose hasta que nos den la razón y recuperemos lo que por derecho nos pertenece.

Mientras tanto, seguiremos haciendo lo poco que se nos permite. Ha pasado mucho tiempo hasta estar de vuelta sobre el sillín, pero ahora ya no hay vuelta atrás.