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De vuelta sobre el sillín

Día 1 de mayo. Viernes, y además festivo. No hay nadie en la calle, ni siquiera aquellos que siempre han encontrado resquicios en las normas del estado de alarma o tienen la suerte (como yo) de vivir en un barrio casi en las afueras de la ciudad donde apenas hay vigilancia; tampoco es necesaria, ya que aunque saliésemos todos a la calle al mismo tiempo seguiría habiendo distancia de seguridad entre nosotros. Desde la ventana miro continuamente al cielo. No hay mucha claridad, pero por suerte no va a llover. El tiempo no es algo que me haya interesado demasiado durante el último mes y medio, teniendo en cuenta que sólo salía de casa para bajar al supermercado. Pero hoy, viernes 1 de mayo, es un día distinto. Es el día anterior a la que será mi primera salida en bici en dos meses.

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Los últimos 50 días se me han hecho más cuesta arriba que cualquiera de los muros que tengo para subir a escasos minutos de mi portal. Esto ha sido así, en mayor o menor medida, para toda la población, pero no toda la población tiene las mismas necesidades. Aunque puedo estar en casa un par de días seguidos y no aburrirme en ningún momento, soy una persona que necesita el aire libre para ver las cosas con optimismo. Además, requiero también mi ración diaria de deporte o ejercicio para serenarme y descansar por las noches. Pero no en casa, sino en la calle.

La declaración del estado de alarma a mediados de marzo y las draconianas restricciones de derechos que lo acompañaron (en España, las mayores de la Europa democrática) dieron lugar a la inesperada explosión de algo que llevaba con nosotros ya un tiempo y que era utilizado por un gran número de personas, aunque sólo como sustituto del ciclismo real cuando, por la razón que fuese, no se podía practicar al aire libre: Zwift. De repente, miles de ciclistas, ya fuesen profesionales, amateurs o aficionados, eligieron la realidad virtual para seguir practicando su deporte, y apps como Strava empezaron a llenarse de actividades repletas de imágenes de personajes creados por ordenador en vez de personas y escenarios reales. Personalmente, siempre me he mantenido alejado de este movimiento y la prohibición de salir a la calle no me ha hecho cambiar de opinión.

Siempre suelo comentar que yo no veo el ciclismo como un deporte. Empecé a practicarlo tarde (más cerca de los 30 que de los 20) y casi por obligación, pues dos lesiones en ambas rodillas me dejaron sin muchas más opciones si quería seguir practicando alguna actividad física. Pero como nunca hay mal que por bien no venga, gracias a ellas descubrí algo que nunca habría probado si no las hubiese sufrido pero sin lo que ahora casi no podría vivir. Aunque siempre he sido fan del ciclismo profesional y a pesar de que hace un tiempo me dejé muchos euros en la bici que tengo, nunca me he visto a mí mismo entrenando ni entrando en ningún equipo. Es más, ni siquiera me he visto apuntándome a ninguna de las pruebas amateurs o Gran Fondo que pueblan el calendario nacional a lo largo del año. Para mí el ciclismo no es una forma de competición, sino un medio de explorar nuevos lugares, de conocer el entorno, de encontrarse con nuevos compañeros y de estar a gusto con uno mismo. Mi visión del ciclismo no es la de un deporte; es casi la de una forma de vida.

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Día 2 de mayo. Sábado. 8:00 de la mañana. Suena la alarma de mi móvil a una hora a la que llevaba más de un año sin hacerlo. La noche se ha hecho corta, pero no pasa nada. Estoy contento. Hoy, por fin, mi bici y yo volvemos a la carretera. 

Desde el día anterior tengo muchas cosas dándome vueltas en la cabeza. ¿Qué ropa me pongo? La última vez que salí estábamos con los últimos coletazos del invierno, pero ahora el sol primaveral está ya pegando duro. ¿Camiseta térmica? ¿Manguitos? ¿Culotte corto? ¿Culotte largo con forro polar?

¿A dónde voy? Está muy bien poder salir a hacer deporte, pero es complicado moverse en bici si sólo puedo hacerlo por dentro de mi municipio (que, para mayor gloria, es la capital de provincia más pequeña de España). ¿Me meto en el meollo donde estará todo el mundo? ¿Doy vueltas a un circuito cerca de mi casa repitiendo una y otra vez la misma subida? ¿Qué pasa si cojo una carretera que para volver atrás tiene un tramo por otro municipio? ¿Y si llego más tarde de las 10:00?

¿Cómo me encontraré? Dar paseos por casa no es lo que se dice “mantenerse en forma”. ¿Intento hacer sólo llano? ¿Meto alguna subida por el medio a riesgo de quedarme sin respiración? ¿Responderá el cuerpo madrugando tanto (nunca me había levantado tan temprano para hacer deporte)? ¿Y la bici? ¿Estará bien engrasada la cadena? ¿Las cubiertas seguirán en buen estado? ¿Funcionará como debe el cambio?

Tantas preguntas y una sola respuesta: una vez salí del portal y di las primeras pedaladas todo se solucionó. Rápidamente recordé lo que significaba en bici, la sensación de libertad por la carretera, el moverse como si todavía hubiese salido ayer. Y seguro que esas sensaciones las compartían las decenas de ciclistas con los que me crucé, tanto los más “preparados” como los menos habituales. ¿Y qué decir de poder circular por las principales arterias de la ciudad sin encontrarse un solo coche? Magnífico. Siempre supe que cuando estuviese de vuelta sobre el sillín toda la visión de la realidad actual cambiaría. Y, por supuesto, no me equivocaba.

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Día 11 de mayo. Lunes. Mi provincia ha entrado en eso que llaman “Fase 1”. La gente puede salir a la calle prácticamente con total libertad, reunirse con amigos y familiares tanto en casa como en la vía pública, sentarse en las terrazas que están abiertas a tomar un café o una cerveza, ir de compras a cualquier tienda de la ciudad, esté donde esté y a la hora que sea Lo que se dice empezar a recuperar la vida normal. 

No así los ciclistas y deportistas en general. Por algún motivo, nosotros seguimos estando confinados a un peligroso horario (salir de noche o al amanecer o al atardecer no es precisamente la mejor forma de circular en bici si se quiere ir seguro) y a las fronteras de nuestro municipio. La alegría de los primeros días se ha disipado rápidamente y se ha convertido en frustración, pues no hay una sola razón lógica para impedir a un ciclista moverse con libertad por carreteras en las que no tiene ni el más mínimo contacto con nadie y en horarios que resulten más cómodos y seguros, fuera de todas las aglomeraciones. Toca seguir peleando y quejándose hasta que nos den la razón y recuperemos lo que por derecho nos pertenece.

Mientras tanto, seguiremos haciendo lo poco que se nos permite. Ha pasado mucho tiempo hasta estar de vuelta sobre el sillín, pero ahora ya no hay vuelta atrás.