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“Los ciclistas se saltan los semáforos” y otras historias

Soy alguien a quien le gusta concentrarse en una sola cosa en cada momento: si juego a la consola, lo hago a un solo juego hasta que lo termino; si leo un libro, no empiezo otro hasta que haya agotado las páginas del actual. Y si me aficiono a una actividad, no tocaré otra hasta que no tenga nada más que sacar de ella. Por ello, pese a que no llevo muchos años practicando ciclismo, me he zambullido a fondo en todo lo relacionado con él y ahora mismo no vería mi vida sin tener una bici en mi salón preparada para salir en cualquier momento.

Aunque desde que era muy pequeño he sido fan de ver el ciclismo en televisión, nunca se me había ocurrido hacerlo en persona hasta que la vida me obligó a ello. Tras comprar una bici híbrida de segunda mano por muy poco dinero (sin hacer caso al dependiente de la tienda que, después de escuchar mi historia, me dijo que tendría que coger directamente la de carretera y no tirar esos euros, porque sabía lo que iba a pasar), me di cuenta de que las dos ruedas estaban hechas para mí, así que tras realizar algunas salidas de más kilómetros de los que mi híbrida podía soportar, le di la razón al de la tienda y así entró en mi casa mi añorada Cannondale Caad 8 verde.

La Cannondale fue un punto de inflexión. Con ella empecé a explorar lugares y carreteras por las que nunca se me habría ocurrido pasar en coche, comencé a hacer kilómetros y kilómetros buscando siempre los caminos con las subidas más duras y poco a poco fui conociendo qué equipamiento era necesario para mi perfil como ciclista y cuál no. Por ejemplo, hacer 107 kilómetros con calapiés en Galicia te deja gamba di legno, así que los pedales automáticos fueron una de mis compras principales. 

Conociendo la parte buena y la no tan buena del ciclismo

Llegado a cierto punto y tras haber ahorrado para ello, decidí que era el momento de comprar “mi” bici, una de la que probablemente nunca me fuese a deshacer y en la que valiese la pena invertir el dinero que fuese necesario. Así, tras mucho pensarlo, llegué a la conclusión de que gastarse miles de euros en lo que se considera mejor pero que no te acaba de gustar es como adquirir un billete de arrepentimiento para el resto de tu vida, así que me dejé guiar por mis ojos y, feliz, conseguí una preciosa Merida Reacto 5000 azul y negra que cuatro años después aún me acompaña. Juntos hemos visitado lugares todavía más fuera de mis límites que con la Cannondale y gracias a ella he aprendido a conocerme mucho mejor a mí mismo y al deporte que es el ciclismo.

bicicleta merida

La cuestión es que cuando se indaga mucho en algo, sea lo que sea, se corre el riesgo de darse cuenta de que no todo es tan bonito como parece y que bajo la superficie pueden aparecer algunas cosas un poco menos vistosas. 

En la vía pública, ya sea en aceras o carreteras, todos los agentes tenemos contacto: peatones, conductores, ciclistas, gente en patinete, etc. Además, muchos somos “multidisciplinares”, ya que según el momento del día podemos pertenecer a un grupo u a otro. Es por eso que cuesta tanto entender cómo es posible que nadie sepa ponerse en el sitio del otro.

La cuestión es bastante sangrante cuando nos centramos en la bici: somos molestos para peatones, conductores, corredores, gente con perros, niños con juguetes… ¿Por qué? Para entenderlo (que no razonarlo) hay que hacer una división que yo creo que es indispensable y que la sociedad en general debería tener siempre en cuenta: no es lo mismo un ciclista deportista que una persona que usa la bici como medio de transporte, y desde luego a ninguno de estos dos se les debe insultar metiéndolos en el mismo grupo que los adolescentes que van haciendo caballitos por las aceras o en sentido contrario al del tráfico. ¿Darle patadas a un balón contra una pared nos convierte en futbolistas? Pues llevar una bici tampoco lo hace en ciclistas.

No obstante, la falta de empatía y de deseo de entender a los demás ha dado lugar a una serie de mitos y leyendas sobre el ciclismo que a veces resulta hasta gracioso, pero que en realidad puede dar lugar a situaciones muy desagradables. 

“Los ciclistas no respetan los semáforos.”

Empezamos por la historia más antigua y con más recorrido. Todo el mundo sabe que para los ciclistas no hay normas y, desde luego, no existen los semáforos en rojo. Al fin y al cabo es algo que vemos a todas horas en cualquier sitio. ¿Lo voy a negar? Pues no, pero sí. O sí, pero no.

mujeres en bicicleta

Para empezar, hay que tener clara una cosa: ningún ciclista quiere estar dentro de un núcleo urbano más de lo estrictamente necesario, e intentará que el 90% de sus salidas transcurran por fuera de las ciudades. La razón es sencilla: dentro de ellas tiene que parar (porque sí que paramos) continuamente, lo cual es una incomodidad teniendo en cuenta el engorro que es soltar y enganchar los pedales automáticos. Además, el ciclista es el primer interesado en no ser atropellado o provocar un accidente por saltarse un semáforo o un paso de peatones. 

Ahora bien: sí es cierto que hay ocasiones en las que todos pasamos algún semáforo cuando no debemos -siempre con la máxima seguridad posible- y lo hacemos por el mismo motivo que lo hace una persona que corre: parar en seco y estar quietos un tiempo durante el pleno esfuerzo hace que las pulsaciones del corazón se disparen y que el ácido láctico haga de las suyas, generando un gran malestar físico y mental y aumentando la posibilidad de lesiones a corto plazo. 

No es una disculpa ni una excusa barata, sino la realidad. Y aunque es verdad que no está bien hecho no debería ser motivo de enfado ni crítica, teniendo en cuenta la cantidad de peatones para los que no existen los semáforos o los coches que no se rigen por las señales de límites de velocidad.

“Los ciclistas no utilizan el carril bici.”

Con el auge de los carriles bici en las ciudades ha ganado fuerza también este comentario. Se basa en la creencia de que, pese a haber carriles especiales para nosotros, seguimos yendo por la carretera o, en casos muy concretos, por la acera; en otras palabras: que se quita espacio de circulación y aparcamiento a los conductores (¿eso es malo?) para nada. 

Las quejas sobre la creación de carriles bici están enraizadas en la idea de que las centros urbanos están hechos para coches y que todas las medidas de movilidad deberían estar destinadas a hacer los traslados en vehículo privado más cómodos y rápidos. La culminación de esta teoría es el mantra de “hacen falta más carriles para mejorar la fluidez del tráfico”, algo que hace que un experto en movilidad se lleve las manos a la cabeza cada vez que lo escucha.

ciclistas rodando

Entre los que tenemos formación académica en temas de movilidad decimos que “combatir los atascos con más espacio para coches es como prevenir la obesidad pidiéndole a la gente que se afloje el cinturón”. Que haya más carriles no va a hacer que el tráfico rodado fluya mejor, sino más bien lo contrario: lo que se conseguirá es que gente que antes no cogía su vehículo por no querer estar en un atasco ahora sí lo haga viendo que esta posibilidad se reduce. Los datos así lo demuestran, y pensar lo contrario es simplemente no aceptar que uno se equivoca.

Otro punto a tener en cuenta es que los carriles bici no siempre se hacen pensando en los ciclistas, sino en la comodidad de los conductores. Esto puede parecer una incongruencia, pero lo que muchas veces se intenta es simplemente quitar a las bicis de la calzada para que los coches puedan circular más rápido. El resultado son esos espacios para ciclistas llenos de tapas de alcantarillas, suciedad, cristales o asfalto roto por los que nadie quiere circular, lo que hace que prefiramos seguir yendo por la carretera a pesar de ser más peligroso para nuestra integridad física. 

Lo malo es que hagamos lo que hagamos vamos a salir perdiendo, porque ya sea desde los coches (si vamos por sus carriles) o desde los peatones (si pisamos las aceras) los gritos y los insultos siempre van a llegar a nuestros oídos. 

Aunque por nuestra parte agradeceríamos también que los carriles destinados a nosotros no se ocupasen para “parar cinco minutos”, hay que aceptar una cosa: si están bien pensados y construidos no tenemos ninguna excusa para no movernos por ellos.

“Los ciclistas van por el medio de la carretera y hablando entre ellos.”

Otra pieza de anticuario sobre la que se ha escrito de todo. La normativa de tráfico indica que los ciclistas podremos circular en columnas de dos y por el arcén o pegados todo lo posible al margen derecho de la calzada siempre y cuando haya una correcta visibilidad, y en caso de ausencia de la misma deberemos hacerlo en fila individual. En general esto se cumple siempre, y a pesar de lo que se intenta hacer ver hay muchas más posibilidades de encontrarse con ciclistas rodando en solitario o en pareja que con grandes pelotones.

Como comentaba en la parte de los semáforos, somos nosotros mismos los que más en cuenta tenemos nuestra seguridad, lo cual hace que en todo momento vayamos pendientes de lo que pasa detrás de nosotros y que siempre que sea posible facilitemos los adelantamientos de los coches. Los conductores suelen pensar que cuando se acercan a nosotros y no nos pueden pasar es porque se lo estamos impidiendo a propósito, pero esto es absurdo; de hecho, hay pocas cosas que molesten más a un ciclista que estar escuchando el motor de un coche a su espalda sabiendo que cada segundo que pasa el conductor se enfada más y aumenta el riesgo de que haga alguna estupidez. Lo que sí que no podemos hacer es volvernos invisibles.

ciclistas en paralelo

Por mis años de experiencia puede decir que, en general, la mayoría de los conductores se portan bastante bien y adelantan a una velocidad adecuada y manteniendo la distancia de seguridad requerida (a veces mantienen hasta demasiada distancia…), razón por la cual las excepciones llaman tanto la atención y se quedan más tiempo en el recuerdo. Aunque muchas veces vayamos hablando, los ciclistas oímos perfectamente a los vehículos acercarse y, siempre que es posible, nos movemos un poco más a la derecha. 


Así que por favor, conductores, no nos toquéis el claxon. Lo único que conseguiréis con ello es que, esta vez sí, os hagamos esperar un rato detrás de nosotros. Pensad en un grupo de ciclistas como un camión: nos movemos más lentos que un coche y ocupamos bastante espacio, lo que hace que adelantarnos a veces requiera un poco de paciencia. ¿O es que cuando lleváis a un camión lleno de cemento delante le empezáis a pitar y a insultar porque no podéis pasarlo instantáneamente? Al menos nosotros nos apartamos cuando hay espacio…

“Los ciclistas se quejan por todo.”

Está claro; sólo hay que leer este artículo para ver que es así.

Ya más en serio: el ciclista es con diferencia el elemento más débil y desprotegido de la carretera teniendo el mismo derecho a usarla que los coches, las motos, los camiones y demás, por lo que simplemente solicitamos medidas que creemos que son justas y necesarias. No por importunar a los demás, sino para mejorar la convivencia y que realmente todos salgamos ganando con ello.

Carriles bici que se puedan usar de verdad, cunetas de las carreteras interurbanas limpias, aparcamientos para bicis en más calles o no enfadarse automáticamente al encontrarse con un ciclista delante son cosas que se pueden hacer si se quiere y que nos harían la vida más fácil. Mientras tanto, el libro de  “mitos y leyendas sobre el ciclismo” seguirá aumentando sus páginas.