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Presuntos culpables

Tras más de doscientos cambios en las normas durante el estado de alarma, los ciclistas seguimos sin apenas derechos.

El 16 de marzo de 2020 se recordará siempre como uno de los días más tristes de la historia contemporánea en España. Ese día entró en vigor el estado de alarma motivado por la crisis mundial del COVID-19, y con él se quedaron en el cubo de la basura la mayoría de nuestros derechos individuales. Especialmente duras fueron las restricciones en el ámbito de la movilidad: se prohibió realizar cualquier tipo de salida de casa excepto por unos motivos muy concretos, como eran ir a trabajar (y poder probarlo), a comprar comida y medicamentos y a bajar a nuestros perros. Visto ya con un poco de perspectiva, en España sufrimos las condiciones más draconianas de toda Europa occidental y de la mayoría de las democracias mundiales, poniendo de manifiesto la poca fe que desde las altas esferas se tenía en la respuesta voluntaria de la sociedad.

A mediados de marzo habían pasado ya un par de meses desde que China reconociese el problema de salud que había surgido en Wuhan y un mes desde que los contagias masivos hubiesen llegado a algunos de sus vecinos asiáticos como Japón o Corea, tiempo suficiente para analizar las medidas que se habían tomado en ellos y estudiar qué podríamos importar a nuestro país y qué sabríamos que no funcionaría. Una de las respuestas más llamativas que la mayor parte de países asiáticos pusieron en marcha para intentar poner coto al avance al virus fue promocionar -e incluso solicitar- el uso de la bicicleta para todos los desplazamientos que se pudiesen realizar en ella, evitando así el transporte público. La razón era bastante lógica: yendo en bici siempre se mantendría la distancia de seguridad con los de alrededor por la propia estructura y funcionamiento de la bici, además de ser una actividad que se realizaba al aire libre, reduciendo así el riesgo de contagios; todo lo contrario pasaba en otros medios de transporte como el bus o el metro, donde la menor ventilación, la mayor acumulación de personas y la continua manipulación de superficies posiblemente contaminadas (como barras o asientos) hacían que las posibilidades de contraer la enfermedad se multiplicasen.

En Europa la situación era algo distinta. Por una parte, en general no existe la misma cultura de la bici que en Asia (excepto en algunos países como Países Bajos o Dinamarca), y por otro lado, no se dio importancia a la peligrosidad del virus hasta que ya fue demasiado tarde y no se pudo evitar que cundiese el pánico, lo que hizo que no hubiese tiempo para pensar con calma las decisiones que se tomaban y se decretasen encierros de una punta a otra del continente. No obstante, no todos los Estados actuaron de manera similar: en muchos de ellos (Bélgica o Gran Bretaña como ejemplos más claros) tomaron nota de lo que se había hecho en Asia y no sólo no prohibieron el deporte individual (y el ciclismo en particular) y la movilidad sostenible, sino que los recomendaron. Se dieron cuenta de que afectaba de manera positiva a la salud mental de sus habitantes, que al menos sabían que podían pasar una o dos horas fuera de casa mientras cumpliesen con las normas estipuladas, y también a la salud física, pues el ejercicio mejora la capacidad del sistema inmunológico y, por ello, dificulta el contraer enfermedades. Además, no había mejor momento para utilizar las calles de la ciudad ahora que estaban casi vacías de coches y con los niveles de contaminación del aire por los suelos. Incluso en Italia, el país más afectado en un primer momento por la pandemia, no se desincentivó el uso de la bicicleta como medio de transporte.

hombre en bicicleta

En España, por desgracia, nos ha tocado vivir una realidad muy distinta. La práctica deportiva fue vetada desde el primer minuto y, aunque realmente nunca se trató ni para bien ni para mal el tema, la utilización de la bicicleta para desplazarse no era algo que sonase muy bien. Basta con ver los comentarios y reacciones de la gente que estaba en la calle cuando veía a alguien que se movía pedaleando y, sobre todo, la actitud de las autoridades, que no perdían ni un segundo en parar a todo ciclista para pedirle explicaciones. Esto es realmente triste, pues se estaba considerando a los ciclistas culpables de, realmente, no estar haciendo nada ilegal ni malo, mientras que mucha gente y conductores campaban a sus anchas bajo excusas de lo más peregrinas. De hecho, ha habido incluso casos de personas que se dieron cuenta que era una gran oportunidad para desempolvar la bici y empezar a usarla para ir a trabajar y que fueron paradas e interrogadas todos los días por policías que no hacían sino abusar de sus prerrogativas.

Con el comienzo de mayo, y tras un primer experimento piloto con los niños, el Gobierno de España consideró que ya podía dejarnos salir un poco a la calle, aunque con toques de queda que todavía limitaban casi totalmente la libertad. Todo ello dentro de su llamada “desescalada” (sea lo que sea que signifique eso) y según lo que mandase cada “Fase”. También se permitió de nuevo la práctica deportiva, pero eso fue más algo que se decía sobre el papel pero que no se daba en la realidad. Decirle a un ciclista que puede salir de 6:00 a 10:00 (cuando aún es de noche o está amaneciendo) y de 20:00 a 23:00 (atardecer y, no mucho después, noche de nuevo) es o reírse de él o no tener ni idea. Y no sé qué es peor.

El gran error de base, en mi opinión, está en el hecho de juntar en todas las normativas “paseos y deporte”, como si tuviesen siquiera algo que ver. Comparar a una persona que se gasta miles de euros en su bici y hace decenas de kilómetros en carreteras abiertas con una pareja que utiliza el alquiler municipal de bicicletas para dar una vuelta por el carril bici del paseo marítimo en vaqueros es absurdo, pero meterla en el mismo saco que alguien que sale a andar alrededor de su manzana entra en el terreno de la tomadura de pelo. La primera semana valía, porque llevábamos mucho tiempo sin practicar nuestro deporte favorito y cualquier medida a favor de ello sería bien recibida, pero siempre con el pensamiento de que esto lo aceptábamos ahora, pero que en la siguiente “Fase” las cosas tenían que empezar a cobrar más sentido.

Qué más quisiéramos.

Con el avance de la “Fase 0” (¿fase cero…?) a la “Fase 1” se levantaron una gran parte de las restricciones y la vida empezó a tornarse en algo que podríamos considerar casi habitual. Se permitió salir a la calle para hacer cualquier tipo de actividad socioeconómica, reabrieron las tiendas y las terrazas de las cafeterías, quedó anulada la prohibición de moverse por el interior de la provincia sin ninguna razón para ello, los amigos y los familiares pudieron volver a quedar y, en general, el espíritu de la calle cambió y pasó a ser mucho más agradable. Todo bien. O no, porque los ciclistas seguimos con la misma reducción de derechos que antes. Se generó así una situación kafkiana en la que yo puedo quedar con un amigo, coger el coche para ir a la otra punta de la provincia, alquilar una pista de tenis (el deporte en instalaciones deportivas cerradas y acotadas sí está permitido) para jugar un par de partidos y después tomarnos unas tapas una terraza, pero no salir con mi bici durante el toque de queda ni poner un pie en el municipio de al lado. Incluso se ha permitido salir a cazar y pescar. El ciclismo, no.

carretera y ciclista

Intentando ponerme en el lugar del “comité de expertos” que aconsejan las medidas que ha de tomar el gobierno, veo dos posibilidades que puedan explicar que este sinsentido continúe:

  • Ignorancia: no se tiene ni idea de lo que es la práctica deportiva del ciclismo. Quizás se piensen que vamos también por el carril bici del paseo marítimo o que si salimos a carreteras abiertas vamos siempre en grupos, pero nada más lejos de la realidad. La mayoría de nosotros sale solo o en parejas (ahora tendría que ser solos siempre) y suele evitar todo núcleo de población grande o cualquier tipo de aglomeración para no tener que frenar o poner pie a tierra.
  • Creencia de que somos peligrosos: se puede pensar que un ciclista que esté contagiado va a ir esparciendo con sus respiración forzada el virus a lo largo de todos los kilómetros que haga, contagiando a todo aquel con el que se cruce, o que va a parar en algún pueblo a comprar algo o a descansar, llevando la pandemia a poblaciones y núcleos donde no estaba. Llegar a pensar esto parece demasiado estúpido, pero cuando sólo se tienen en cuenta criterios técnicos y la población es tratada como números todo es posible.

Es curioso ver cómo los deportistas que en realidad son más seguros y que practican sus actividades en medios naturales y alejados de todo contacto humano (ciclistas, surfistas, alpinistas…) son la única parte de la población que todavía se mueve entre estrictas prohibiciones. Difícil de comprender.

A la hora de escribir estas líneas ya se han anunciado las medidas que van a entrar en vigor en la “Fase 2”, en la que la mayoría de España debería estar el lunes 25 de mayo y que en algunas islas canarias funcionarán ya desde el lunes 18. En lo que a nosotros nos compete, se permitirá realizar la práctica ciclista a cualquier hora excepto en las franjas horarias destinadas a la tercera edad (10:00 a 12:00 -justo cuando el 90% estamos en la carretera- y 19:00 a 20:00), pero para los no federados seguirá implantado el límite municipal (no así para los federados). La Real Federación Española de Ciclismo ha sacado un comunicado en el que dice estar orgullosa de estos cambios y donde también, desde lo que a mí me parece una posición prepotente y un gran desdén, insta a los ciclistas a seguir cumpliendo las normas como hasta ahora de manera cívica. Ahora que los que les pagan ya están contentos, el resto -la mayoría- ya nos buscaremos la vida.

Algunas Comunidades parecen ir por delante del gobierno central y tener una visión más lógica de la realidad. Galicia, por ejemplo, pedirá hoy eliminar las franjas horarias (por considerarlas, con mucha razón, una fuente de aglomeraciones) y permitir la práctica deportiva (citando específicamente además a ciclistas y surfistas) en cualquier momento del día y sin ningún tipo de restricción de fronteras. Básicamente, lo que sería tener los mismos derechos que el resto de la población, siendo además muchos menos peligrosos en cuanto a posibles rebrotes del virus. Sin embargo, por lo visto estos últimos días y las medidas que llegarán los siguientes, no parece que tengamos muchas razones para ser optimistas, y da la impresión de que seguiremos en el vagón de cola de la sociedad hasta el día en que todo esto termine.